Postby vaati » Tue Oct 13, 2026 12:18 pm
Prima jornada del mes de vendimia. Anno 1130 de nvestro senyor.
No lo podía creer, a mis 18 mocedades, iba a acompañar a Nuestro Señor el rey Alfonso I, el Batallador a sus aventuras a Tierra Santa. Siempre ha sido mi única pasión servir al rey con todo mi ser y siempre, como escudero del mesmo he estado a su disposición para todos los suyos quehaceres. Pero cuando me busco en su última visita al Santo Monasterio de San Juan de la Peña, y ante el santísimo grial, contenedor de la sangre del Salvador, nombrarme caballero, no podía creer mi dicha. Caballero y más aún alcaide de la fortaleza de Loarre.
A los pocos días de mi nombramiento, antes de que el rey volviera a la su nueva capital, la ciudad de Zaragoza, tras la misa mayor, ha hecho un grave anuncio. En cumplimiento de los votos que hizo ante el apostol Santiago, pidiendo su intercesión para la conquista a los infieles de la ciudad, va a marchar a Tierra Santa, para mostrar a los enemigos de la fe el poder de la bermella y dorada cuatribarrada y extender el temor a Aragón hasta los confines del orbe, más allá de las ignotas tierras de la India y Catai.
Decimus dia del mes de vendimia. Anno 1130 de nvestro senyor.
Tras varias jornadas, algunas guerreando contra partidas agarenas que intentaban impedir nuestra llegada al mare, hemos llegado a la linde del mar que los romanos llamaban Mare Nostrum, según mi magister en San Juan de la Peña, Anselmo -que también tutelo a nuestro señor el rey- es un mar peligros, pero conocido, cruzado ya desde tiempos remotos por muchos pueblos. Ante su grandiosidad y extensión, yo acostumbrado a mis vistas de tierras llanas con colinas y en el horizonte los elevados picos de las montañas, no he podido sino tener gran temor. Pero nuestro rey, juntando a toda la mesnada en la playa nos ha tranquilizado, el será el primero en embarcar y contamos con la bendición del Fray Esteban, el prior de Iguacel.
Frente a nosotros están las galeras de los valerosos caballeros del Templo y también de los Hospitalarios de San Juan, furiosos guardianes de Tierra Santa, pero nosotros viajaremos en una gran galera que el señor conde de Barcelona ha puesto a la orden del rey.
Viajaremos primero a la Sagrada ciudad del Roma, donde el santo papa bendecirá nuestros estandartes y armas; luego bajaremos hasta Sicilia, una gran isla con montañas de fuego que nuestro señor quiere hacer suya a la vuelta de la Cruzada, y de allí a Chipre, ya en los reinos cruzados, desde donde seguiremos siempre hacia la salida del sol para desembarcar en la inexpugnable San Juan de Acre.
Decimus sextus dia del mes de vendimia. Anno 1130 de nvestro senyor.
Tras dejar atrás la bella isla de Sicilia, con sus antiguos templos paganos, hemos navegado varias jornadas hacia la salida del sol. Pero hace dos días el cielo se cubrió de improviso, tornando el día en la más oscura noche, el mal casi llano como las tierras del Iberus hasta el momento, se torno agreste como los Pirineos.
No se bien lo que pasó, pues mi cuerpo y todo mi ser estaban desfallecidos, verde como el acebo decían algunos marinos catalanes. La flota se separó. Nuestro capitán quería ir hacia el septentrión en busca de tierra para proteger la nave, pero nuestro señor ordenó seguir a poniente.
Desperté en una playa donde, junto a restos destrozados del navío y algunos de nuestros bagajes, estábamos unos treinta supervivientes de la mesnada. Loado sea el Salvador, entre ellos estaba el rey. Este nos reunió; junto a él estaba Fray Esteban, el lugarteniente del rey Lope Garzez, también el adalid real Bernardo, llamado el jaques, yo mismo y varias decenas de soldados de la mesnada real, guardias, tiradores y almogávares. El rey nos ordenó reunir el equipo, y pude oír como Fray Esteban le informaba que estábamos en tierras totalmente ignotas, no en las tierras infieles de África, ni el Bizancio, en ningún lugar conocido sino en Estalia. ¿Qué nos espera?