En Busca de la Marca Perdida - y el Agravio de Jarn Smed (exploradores enanos)
Posted: Wed Oct 07, 2026 7:44 pm
En Busca de la Marca Perdida y el Agravio de Jarn Smed
Petur Laerlingur encontraba realmente reconfortante frotar su casco hasta sacarle todo el brillo con su paño más suave. Podría estar así horas, recostado contra el carro, mirando la puesta de sol entre las montañas de Irrana, cuidando del único recuerdo que conservaba de Zhufbar y sus ancestros. Ese casco había pasado de generación en generación, un obsequio de un regimiento de rompehierros rescatado por el abuelo de su abuelo y el resto de sus camaradas mineros. No nos engañemos, su ancestro no fue un gran héroe que matara un embustero príncipe elfo en dragón y lo tirara al mar en honorable desafío. Pero lideró la expedición minera de rescate… la fuerza y determinación del grupo decidido a cuidar de los suyos… eso era algo digno de reverenciar también.
Así que eso hacía, y no tenia intención de cambiar de plan, pues estaba hasta los pelos de la nariz de empujar ese maldito carro desde que la mula se despeño por un barranco cuando la soltaron para que pastara… estúpida mula. Días empujando el carro por Estalia, siguiendo al explorador humano contratado en Brionne, el tal Iñigo del Soto, que los puso sobre la pista de aquel tesoro del que tantos rumores habían oído en su travesía por Bretonia.
Todos estaban agotados, incluso aquellos dos matadores dormían bajo un árbol cercano, reventados de empujar durante todo el día el carro cuesta arriba por las sendas de montaña… y frenándolo cuesta abajo, casi peor. Los jóvenes barbilampiños querían demostrar que podrían ser dignos exploradores enanos, pero el Maestro no se dejaba impresionar por… ¿y dónde estaba el Maestro? No lo veía por ningún lado, iba a levantarse cuando de repente el carro tembló golpeándole la cabeza.
- Soy yo, Petur, me he apoyado al otro lado, no tengo ganas ni de arrastrarme hasta donde estas ni de quitarme la armadura, aquí me quedo y maldita sea esa mula.
- Maestro...
- Llámame Otrik
- Maestro Smed…ejem…quiero decir, Otrik, son trece años ya en busca de… bueno, ya sabe, ¿Qué le hace pensar que ese explorador humano nos devolverá al buen camino?
- No lo sé, pero si solo se habla de ese tesoro de aquí a Karak Hirn, y nuestro perjuro esta en este lado del mundo conocido, acabaremos cruzándonos pues no andará lejos.
- ¿Y entonces?
- Entonces veremos si Jarn sigue siendo un enano que podamos llevarlo de vuelta a Zhufbar para rendir cuentas ante el consejo de herreros rúnicos, o si su blasfemia se ha completado tras tantos años y es demasiado profunda para que viva un solo día más.
- Pero…
- Hoy no, por favor, estoy demasiado cansado para hurgar en el dolor causado por Jarn al clan Smed, a su propio clan. Durmamos, mañana llegaremos a Bel’Chit, y entonces… ya veremos…
Petur Laerlingur encontraba realmente reconfortante frotar su casco hasta sacarle todo el brillo con su paño más suave. Podría estar así horas, recostado contra el carro, mirando la puesta de sol entre las montañas de Irrana, cuidando del único recuerdo que conservaba de Zhufbar y sus ancestros. Ese casco había pasado de generación en generación, un obsequio de un regimiento de rompehierros rescatado por el abuelo de su abuelo y el resto de sus camaradas mineros. No nos engañemos, su ancestro no fue un gran héroe que matara un embustero príncipe elfo en dragón y lo tirara al mar en honorable desafío. Pero lideró la expedición minera de rescate… la fuerza y determinación del grupo decidido a cuidar de los suyos… eso era algo digno de reverenciar también.
Así que eso hacía, y no tenia intención de cambiar de plan, pues estaba hasta los pelos de la nariz de empujar ese maldito carro desde que la mula se despeño por un barranco cuando la soltaron para que pastara… estúpida mula. Días empujando el carro por Estalia, siguiendo al explorador humano contratado en Brionne, el tal Iñigo del Soto, que los puso sobre la pista de aquel tesoro del que tantos rumores habían oído en su travesía por Bretonia.
Todos estaban agotados, incluso aquellos dos matadores dormían bajo un árbol cercano, reventados de empujar durante todo el día el carro cuesta arriba por las sendas de montaña… y frenándolo cuesta abajo, casi peor. Los jóvenes barbilampiños querían demostrar que podrían ser dignos exploradores enanos, pero el Maestro no se dejaba impresionar por… ¿y dónde estaba el Maestro? No lo veía por ningún lado, iba a levantarse cuando de repente el carro tembló golpeándole la cabeza.
- Soy yo, Petur, me he apoyado al otro lado, no tengo ganas ni de arrastrarme hasta donde estas ni de quitarme la armadura, aquí me quedo y maldita sea esa mula.
- Maestro...
- Llámame Otrik
- Maestro Smed…ejem…quiero decir, Otrik, son trece años ya en busca de… bueno, ya sabe, ¿Qué le hace pensar que ese explorador humano nos devolverá al buen camino?
- No lo sé, pero si solo se habla de ese tesoro de aquí a Karak Hirn, y nuestro perjuro esta en este lado del mundo conocido, acabaremos cruzándonos pues no andará lejos.
- ¿Y entonces?
- Entonces veremos si Jarn sigue siendo un enano que podamos llevarlo de vuelta a Zhufbar para rendir cuentas ante el consejo de herreros rúnicos, o si su blasfemia se ha completado tras tantos años y es demasiado profunda para que viva un solo día más.
- Pero…
- Hoy no, por favor, estoy demasiado cansado para hurgar en el dolor causado por Jarn al clan Smed, a su propio clan. Durmamos, mañana llegaremos a Bel’Chit, y entonces… ya veremos…

