Otrik Smed, herrero rúnico de Barak-Var, se consideraba afortunado mientras intentaba distinguir la isla a la que se dirigían entre la espesa niebla en busca de armas rúnicas perdidas. Afortunado simplemente de seguir con vida tras la campaña pasada al sur de la Bahía Negra.
Con vida tras ver como el viejo Mihkkal Uheldig y media expedición enana eran devorados por aquellos horribles garrapatos que salieron de la ruinosa atalaya que intentaron tomar.
Con vida tras ver como los caballeros aliados del Reino de Bretonia junto a los guerreros más veteranos de la perdida Karak-Közder defendían el Rio de la Sangre de una horda de Ogros y las huestes No Muertas de la oscuridad.
Con vida para disfrutar una vez más del olor del mar que había llegado a apreciar tras décadas en Barak-Var.
Con vida para… para… Maaaaa…laaaaal…Maaaaa…laaaaal…
- ¿Lo oyes Otrik? Suena a diversión al fin.
- Suena a oscuridad y muerte, Brorrir.
- Diversión de todas formas y solo para nosotros, los navíos de Uddison y Thaldrin no se distinguen en la niebla.
- Somos demasiados pocos Brorrir, necesitamos los clanes de Karak-Közder, no deberíamos…
Maaaaa…laaaaal…Maaaaa…laaaaal…
- ¡GRIMMMMMNIIIIR!¡GRIMMMMMNIIIIR! ¡Soy Brorrir Farget! ¡Yo te desafío engendro malnacido! ¡Baja de tu cascarón! ¡GRIMMMMMNIIIIR! ¡Hoy será mi día! ¡Grimnir ya voy!
Que los Ancestros nos protejan, pensó Otrik mientras, sin darse cuenta, aferraba con más fuerza su báculo coronado con la representación de Thungni.