La legión marchita
Posted: Fri Jan 16, 2026 7:39 pm
Hubo un tiempo en que el nombre de Tranoherion el Gris era pronunciado con respeto en las cámaras silenciosas del Colegio Amatista de Altdorf. Discípulo erudito de la Muerte, su entendimiento del tránsito de las almas era tan profundo que hasta los magísteres más veteranos lo consultaban. Pero lo que ellos tomaban por curiosidad académica era en realidad una obsesión infinita. Para Tranoherion, la muerte no era un final sagrado, sino un velo que debía rasgarse. Su deseo de conocimiento se volvió una fiebre, y en los sótanos prohibidos del colegio comenzó a profanar tumbas y animar cadáveres en aras de sus experimentos. La noche en que su traición fue descubierta, los corredores del colegio se llenaron con los gemidos de los muertos, y solo el fuego conjurado por un Concilio de Magísteres logró contener su horda vacilante. Malherido y cubierto de ceniza, Tranoherion juró que un día la Muerte obedecería solo su voz.
Huyó hacia el sur, allí donde los desiertos de Nehekhara ocultan más secretos de los que los vivos se atreven a recordar. Entre las ruinas de templos olvidados halló antiguos grimorios entretejidos con piel humana y hueso, textos del tiempo de los Reyes Sepulcrales, cuando los mortales traficaban con la eternidad. A través de esos libros deformes aprendió el verdadero arte de la reanimación —no como un truco para causar terror, sino como una ciencia de la obediencia absoluta—. Cada cadáver que alzaba era una lección, cada alma arrancada de Morr un paso más hacia la perfección. Aquellos que morían cerca de él no descansaban jamás; su carne era el mensaje y su podredumbre, la palabra de su maestro.
Durante años, su poder creció, y con él, su ambición. Fue entonces cuando escuchó los susurros de la Isla de Barataria, un pedazo de tierra perdido en la inmensidad marina, surgido de un cataclismo que había despertado más cuerpos de los que había sepultado. Decían que las aguas que la rodeaban estaban infestadas de esqueletos de marineros y que las tormentas sonaban como coros de almas encadenadas. A los ojos de Tranoherion, eso no era una maldición, sino una promesa: un cementerio sin fin esperando a ser reclamado. Allí forjaría su trono, y desde aquella isla, la muerte marcharía sobre las costas del Viejo Mundo.
Su ejército comenzó a formarse al paso de su viaje. Desde aldeas abandonadas hasta fosas de guerras pasadas, los muertos acudían a su llamada como si la propia tierra respondiera al conjuro. Hombres, mujeres, bestias… todos regresaban para servir en el ejército del Nigromante. Las aguas del sur se llenaron de naves espectrales construidas con los restos de barcos hundidos, impulsadas por el viento helado de almas sin reposo. A cada marea, Tranoherion sumaba nuevos sirvientes: zombis arrastrados desde naufragios, necrófagos que lo veneraban con ritos salvajes, y fantasmas que se encadenaban a su voluntad como si temieran su cólera.
A su lado cabalga Gejossak el Leal, un antiguo campeón del Viejo Mundo —en vida un noble guerrero que desafió la mismísima muerte para proteger su tumba—. Despertado por un hechizo de Tranoherion, Gejossak sirve ahora como su mano derecha, el general silencioso de la Legión Marchita. Su espada, forjada con fragmentos de lápidas y runas funerarias, corta tanto carne como espíritu. Donde él pasa, el suelo se agrieta y la tierra se ennegrece.
Cuando la luna Morrslieb se alza en su fase verde sobre el horizonte, el mar se ilumina con reflejos malsanos. Es entonces cuando Tranoherion extiende sus brazos y murmura palabras antiguas. De las profundidades del océano emergen los ahogados, arrastrándose entre olas negras, y en las playas distantes ya se oyen los tambores huecos del ejército sin alma. La horda avanza bajo la voz de su amo: un rugido que no proviene de una garganta viva, sino del eco mismo de la tumba.
Tranoherion no busca oro ni gloria mortal. Su ambición es más grande: desea erigir un imperio eterno, donde nadie muera jamás sin su consentimiento. Donde los reinos de hombres, elfos y enanos se hundan bajo una sola ley: la suya. En su visión, la muerte será orden. Silencio. Perfección. Y cuando la Isla de Barataria finalmente caiga bajo su manto, el Viejo Mundo sabrá que incluso el descanso eterno puede ser conquistado.
Huyó hacia el sur, allí donde los desiertos de Nehekhara ocultan más secretos de los que los vivos se atreven a recordar. Entre las ruinas de templos olvidados halló antiguos grimorios entretejidos con piel humana y hueso, textos del tiempo de los Reyes Sepulcrales, cuando los mortales traficaban con la eternidad. A través de esos libros deformes aprendió el verdadero arte de la reanimación —no como un truco para causar terror, sino como una ciencia de la obediencia absoluta—. Cada cadáver que alzaba era una lección, cada alma arrancada de Morr un paso más hacia la perfección. Aquellos que morían cerca de él no descansaban jamás; su carne era el mensaje y su podredumbre, la palabra de su maestro.
Durante años, su poder creció, y con él, su ambición. Fue entonces cuando escuchó los susurros de la Isla de Barataria, un pedazo de tierra perdido en la inmensidad marina, surgido de un cataclismo que había despertado más cuerpos de los que había sepultado. Decían que las aguas que la rodeaban estaban infestadas de esqueletos de marineros y que las tormentas sonaban como coros de almas encadenadas. A los ojos de Tranoherion, eso no era una maldición, sino una promesa: un cementerio sin fin esperando a ser reclamado. Allí forjaría su trono, y desde aquella isla, la muerte marcharía sobre las costas del Viejo Mundo.
Su ejército comenzó a formarse al paso de su viaje. Desde aldeas abandonadas hasta fosas de guerras pasadas, los muertos acudían a su llamada como si la propia tierra respondiera al conjuro. Hombres, mujeres, bestias… todos regresaban para servir en el ejército del Nigromante. Las aguas del sur se llenaron de naves espectrales construidas con los restos de barcos hundidos, impulsadas por el viento helado de almas sin reposo. A cada marea, Tranoherion sumaba nuevos sirvientes: zombis arrastrados desde naufragios, necrófagos que lo veneraban con ritos salvajes, y fantasmas que se encadenaban a su voluntad como si temieran su cólera.
A su lado cabalga Gejossak el Leal, un antiguo campeón del Viejo Mundo —en vida un noble guerrero que desafió la mismísima muerte para proteger su tumba—. Despertado por un hechizo de Tranoherion, Gejossak sirve ahora como su mano derecha, el general silencioso de la Legión Marchita. Su espada, forjada con fragmentos de lápidas y runas funerarias, corta tanto carne como espíritu. Donde él pasa, el suelo se agrieta y la tierra se ennegrece.
Cuando la luna Morrslieb se alza en su fase verde sobre el horizonte, el mar se ilumina con reflejos malsanos. Es entonces cuando Tranoherion extiende sus brazos y murmura palabras antiguas. De las profundidades del océano emergen los ahogados, arrastrándose entre olas negras, y en las playas distantes ya se oyen los tambores huecos del ejército sin alma. La horda avanza bajo la voz de su amo: un rugido que no proviene de una garganta viva, sino del eco mismo de la tumba.
Tranoherion no busca oro ni gloria mortal. Su ambición es más grande: desea erigir un imperio eterno, donde nadie muera jamás sin su consentimiento. Donde los reinos de hombres, elfos y enanos se hundan bajo una sola ley: la suya. En su visión, la muerte será orden. Silencio. Perfección. Y cuando la Isla de Barataria finalmente caiga bajo su manto, el Viejo Mundo sabrá que incluso el descanso eterno puede ser conquistado.